miércoles, junio 08, 2016

La herida es el lugar por donde la luz entra

Hace dos años edité un libro dónde contaba mis problemas con la comida, el alcohol y otros fantasmas. Tardé mucho en darme cuenta de que, en realidad, no estaba deprimida (o sí, también), sino que vivía en una perpetua resaca y en un estado de ansiedad permanente. Todo lo que me rodeaba era tóxico. Todo lo que ingería también. Hice una tirada de 250 ejemplares y no volví a reeditarlo.
Ahora lo he vuelto a hacer, esta vez una tirada más limitada aún, de 100 ejemplares, por lo que no estará en casi ninguna librería (en la web siempre) Hemos cambiado la portada (diseño de Carlos Rubio) y actualizado algunos datos. Pero básicamente es el mismo libro. Podéis compartirlo a quien sepáis que pueda interesar.
CICATRICES (la herida es el lugar por donde la luz entra)
De momento sólo está en Gnomo , en Librería Bartleby y en la web. También he hecho un par de packs bonitos para celebrar el verano (amo el verano, joder) Podéis pedirlo aquí, como siempre:
http://www.anaelenapena.es/tienda/
Y si sois de fuera de España, aquí
http://gnomo.eu/collections/ana-elena-pena

viernes, abril 08, 2016

PERDIDA

Lo que mejor se me da en esta vida es... perderme.
Perder.
Estar completamente perdida.
SER una perdida.
Mi hogar está todavía en ningún sitio
y la aguja de la brújula apunta al cielo.
A veces, con el fin de volver al punto de partida,
dejo miguitas de pan por el camino,
pero se las comen los pájaros,
de modo que jamás retorno al lugar donde nunca me quisieron.
Mi equipaje es un pañuelo en el bolsillo
con el que digo adiós continuamente,
agitándolo en el aire con gesto dramático.
Me dejo llevar.
No añoro lo que merece ser olvidado,
no extraño lo que nunca me fue familiar.
No temo a lobos con piel de cordero
porque soy un cordero con piel de lobo.
Y viajo sola.

martes, febrero 02, 2016

AMIGAS

Éramos dos en la batalla,
peleando a la contra en el mismo bando.
Sometiendo, implacables, a nuestros enemigos de trapo,
jurándonos lealtad.
Las aceras temblaban a nuestro paso
y esquivábamos las balas porque éramos cuatro ojos
evitando el desastre.
¡Tántas veces consolé tu llanto con mis brazos
que aún me saben las manos a sal!
Tantas como veces sujetaste mi pelo
para que vomitara sapos, culebras, licores, sangre y bilis
en esas noches de caza en las que siempre acabábamos cazadas,
por nuestra inconsciencia.
Queríamos huir lejos, muy lejos, donde nadie supiera.
Empezar, ya no de cero, sino de menos cinco. Con ventaja.
Reiniciar.
Éramos dos perfectas mujercitas, tan putas y tan santas,
en ese hogar ficticio que levantábamos en el aire
a modo de castillo,
fortaleza indestructible con foso de cocodrilos hambrientos
y torre desde la que otear cualquier amenaza a lo lejos.
Pero pasó la guerra de los años turbios, la juventud, el tiempo...
Se esfumó la fantasía
y el mundo dio miles de vueltas sobre sí mismo.
Nos distanciamos, gritamos como dos siamesas
a las que desgarran la carne para separarlas...
Pero solo una vez, solo dolió una vez.
Nos acostumbramos,
como todas los niñas que crecen, a llorar en silencio,
a enfermar sin quejas ni mimos
y a cuidar de otros con las manos llenas de amor y de sal.
Tenía que ser así. Los tiempos de paz eran esto.
¡Quién nos lo iba a decir, amiga!
La paz,
hacerse mayor,
era esto.