jueves, enero 20, 2005

Una casa con goteras



Audio: ALGOCONTIGO.Andrescalamaro.mp3

Ayer me llamó una amiga a la que tengo en gran estima, para contarme desolada que su relación hacía aguas, y que le costaba mucho tomar una decisión, LA DECISIÓN...
Yo le expliqué, que, antes de cambiarse de casa, intentara arreglar las goteras. Saltar de una relación a otra equivale a realizar una pesada mudanza, de un hogar a otro, y eso supone volver a cargar con trastos pesados, recuerdos, vivencias, viejos traumas...mvolver a reordenarlos y colocarlos y tirar lo que no sirve y que de algún modo es un lastre.
Aunque en ocasiones, si la casa se viene abajo y no tienes un refugio seguro te encuentras de repente en la calle, sola, con una mano delante y otra detrás...
Entenderán la metáfora...
Yo intentaba explicarle que las personas, las relaciones, son como las casas, algunas son muy grandes y acogedoras, otras pequeñas y desordenadas, estrechas, algunas endebles, de pardes delgadas por donde se cuela el frío. Unas te dejan las puertas abiertas, con total confianza, para que puedas conocer y hurgar en todos los rincones, y otras, en cambio, ponen cerrojos y cadenas, recelosas, para impedirte entrar.
A veces suceden pequeños accidentes domésticos, averías eléctricas, fallos en la calefacción, goteras..., las casas son imperfectas, como nosotros, pero no por eso uno se ve obligado a mudarse repentinamente. Hay que evaluar los daños, e intentar repararlos, porque ir de un lado a otro, siempre de alquiler, de deja una amarga sensación de desarraigo, de soledad, de no tener nada propio y nada auténtico.
Pero claro, si hablamos de un problema de aluminosis, es diferente, no hay remedio posible, hay que abandonar el edificio, pues sus cimientos están podridos y la estructura se derrumbará de un momento a otro. Sálvese quien pueda...
Pero aunque las pequeñas averías causen desasosiego, casi siempre se trata de menudencias, y eso no es óbice para dar la voz de alarma o salir corriendo.
Así que le he aconsejado que se tranquilice, que deshaga las maletas y que se encargue de esas molestas goteras y esas pequeñas averías llamando a un fontanero.
Por supuesto, sigue siendo una metáfora...:-D

Disculpen, voy a seguir con las mudanzas... me voy a vivir sola.

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domingo, enero 09, 2005

Escatología y belleza: vaginas dentadas y otras heridas del alma


Ilustración de Christiane Cegavski

Las operaciones de cirugía estética facial que Orlan llevó a cabo en sus quirófanos teatrales para adquirir rasgos peculiares pertenecientes a bellezas del arte clásico como “La Mona Lisa” de Da Vinci o la Venus de Botticelli, entre otros referentes, convirtieron su cuerpo, sus sanguinolencias y sus cicatrices en un vehículo artístico hacia la búsqueda de la belleza perfecta, experimentando sobre su propio cuerpo, verdugo de sí mismo y víctima de los excesos quirúrgicos, despojándolo de toda identidad en pos de un “patchwork” ideal que ensalzaba, a la vez que ridiculizaba, los excesos narcisistas de nuestra cultura de la imagen, que conduce la idolatría de la juventud y la belleza hasta límites demenciales.
Las pinturas oxidadas de Andy Warhol, realizadas con orina y pigmentos metálicos, y los frascos de “Merda d´artista”de Piero Manzoni nos acercan a ese “horror de los excrementos” que enunciaba Bataille, convencido de que estos nos producían tal temor y rechazo que éramos incapaces de hablar de ellos. Duchamp ya levantó ampollas con su fuente-urinario, y Dalí y Miró también aludieron al tema en sus respectivos cuadros “El juego lúgubre”, y “Hombre y mujer ante una pila de excrementos”. Claro está, que de insinuarlos y representarlos a utilizarlos directamente media un abismo.
Kim Jones sacó un tarro de mayonesa lleno de sus heces, se embadurnó y abrazó al público, provocando un auténtico escándalo. Cuando algo se sale de su espacio orgánico: boca, ano, pene o vagina, se convierte en abyecto, en sucio, todo lo que es expelido por el cuerpo es considerado materia de deshecho, y cuando es trasladado al terreno de lo social y lo cultural se transforma en repugnante y de inmediato adquiere otro significado. Lo abyecto conecta con las tres fases del proceso constitutivo: oral, anal y genital, y en cuanto alguna de estas manifestaciones sobrepasa el límite de lo íntimo se vuelve amenazador, irreverente y vergonzoso.
A todos nos ruboriza y perturba que nos observen mientras defecamos u orinamos, mientras copulamos, mientras vomitamos…Ruidos que emiten nuestros agujeros expeledores, como eructos o ventosidades, son considerados ofensivos, repugnantes y de mala educación, aunque en ocasiones se trata de una cuestión cultural, pues por ejemplo en la tradición musulmana el eructar después de un banquete es una manera de agradecer la comida. En algunas poblaciones arcaicas incluso se esconden para comer, pero estas pequeñas variaciones no implican que el temor y el rechazo a lo abyecto y lo asqueroso deje de ser un fenómeno universal.
Kant lo explicaba así en su “Crítica del juicio”: Solo una clase de fealdad no puede ser representada conforme a la naturaleza sin echar por tierra toda satisfacción estética, por lo tanto, toda belleza artística, y es, a saber, la que despierta asco”. Pero como ya decíamos antes, lo inmundo, lo asqueroso, es inseparable de lo humano. La realidad es cruel, y el arte refleja esa realidad, mostrándonos la herida infligida por el mundo, evocándonos esa canción de Joan Báez que rezaba así:“Llegó con tres heridas, la de la vida, la del amor, la de la muerte…”. Todos nacemos de esa gran pero pequeña herida que es la vagina de una madre, una llaga sangrienta que se desgarra llorando lágrimas de sangre y líquido amniótico para darnos la vida entre coágulos y otras secreciones. Existe un estrecho vínculo entre violencia y erotismo, entre la sexualidad y la muerte (Eros y Tánatos), entre el placer y el dolor y entre nutrición y sexualidad, que muchos artistas, poetas, escritores y filósofos como Georges Bataille y Baudelaire, en un modo más trágico, se han esforzado en resaltar. El poema de Eduardo Galeano,”La pequeña muerte”, nos resume en unas líneas la delicada frontera que existe entre lo abyecto y lo sublime, entre el goce y el sufrimiento, la vida y la muerte, pues no debemos olvidar que el sexo es la fuerza poderosa que hace girar al mundo, pero aquello mismo que crea, inevitablemente, también acaba destruyéndolo al final del viaje. Ese es el destino humano. “No nos da miedo el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de sus vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos, gemidos del dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien no tiene nada de raro porque nacer es una alegría que duele. “Petit morte”, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman, pero grande, muy grande ha de ser si matándonos nos nace.!"

El arte de la menstruación y otras alegorías femeninas



"Mi primera menstruación"-Ana Elena Pena,1999. Fotg. Sam Domingo
La maldición de la sangre:
La accionista, ya difunta, Gina Pane (http://www.arkineos.it/rivista/corparc/ginapane.html)
trasladaba sus rituales de autolesión al terreno de lo poético y lo femenino, donde la sangre adquiría un simbolismo adherido a la fecundidad, a la sexualidad, al sentido trágico de la vida y a la verdad sangrante del amor y sus misterios. Una de sus acciones más conocidas consistía en beber de una taza rota, mezclándose la sangre de los labios, heridos por los bordes cortantes, con la leche y la miel que esta contenía. Kiki Smith hizo una mordaz y atrevida crítica a la cirugía estética con sus “Recipientes de sangre y silicona”, además de un trabajo con cuencos en los que reposaban diferentes sustancias acuosas; lágrimas, como metonimia del llanto, semen, representando la lujuria y el deseo, y vómitos, indicadores del mal y la enfermedad. Son muchas las artistas contemporáneas que han trabajado con la sangre y en particular con la menstruación, artistas como Judy Chicago, que mostraba la extracción de un támpax usado en “Red Flag”(“Bandera Roja”) y Carol Schneemann, que pintó un cuadro con su sangre menstrual (“Blood Work”) además de protagonizar un curioso performance en el que se extraía lentamente un pergamino de la vagina en el que había escrito un discurso feminista.Todas estas artistas las podeis contemplar en el museo de la menstruación www.mum.org , donde también están mis fotos, jijijiji, www.mum.org/armepena.htm
Históricamente la sangre está ligada a las imágenes tanto de la vida como de la muerte, purifica y mancilla a la vez, pero se la considera peligrosa cuando brota de manera espontánea.
De todas las hemorragias, la que significa la menstruación en la mujer es la que mayor significancia y complejidad tiene para la psique del hombre. En muchísimas poblaciones arcaicas se ha considerado que la sangre menstrual quema la vegetación, impide el crecimiento de las plantas, contamina las aguas y constituye un peligro para el hombre. Cuando llegaba el momento, se aislaba a las mujeres para evitar todo contacto con el exterior y la consecuente contaminación. Sin embargo, la sangre adquiere efectos positivos si se la hace brotar voluntariamente, cuando el ser humano se apodera de su cuerpo y se mutila con el propósito de fertilizar los campos y curar enfermos, o bien en ritos de carácter funerario.
El acto de mutilarse es algo universal. Los anales chinos relatan que a partir del momento en que llegaban a la tienda mortuoria, se cortaban la cara con un cuchillo para que se viera correr la sangre junto con las lágrimas, en señal de duelo. Para los hebreos la sangre es el alma del cuerpo, símbolo de vida e impureza a la vez, relacionada con la maldición que cayó sobre la humanidad cuando Eva, la compañera de Adán, al caer en la tentación del diablo, provocó la desgracia del hombre. La pérdida periódica de la sangre se percibe así como una herida inmunda, un castigo infligido por Dios a todas las descendientes de Eva.
Desde entonces la noción de pecado siempre está presente en la sangre menstrual, que posee un marcado carácter punitivo. Pero no todas sus connotaciones son necesariamente malignas, en el siglo XVIII existía una curiosa costumbre que consistía en mezclar sangre menstrual con las bebidas y alimentos para lograr un efecto afrodisíaco en el amante. Todo esto nos da una idea del simbolismo ambivalente de tan preciado líquido, inseparable de la condición femenina. El misógino poeta del siglo XIX, Charles Baudelaire, decía en uno de sus versos de “Las flores del mal”: “El universo entero meterás en tu alcoba, mujer impura, máquina ciega y sorda que, con placer inmundo, eres gran bebedora de la sangre del mundo.”









Rituales dionisiacos, automutilación y culto al diablo


Fotg. Marilyn Manson
Rudolf Schwarzkogler presentaba a jóvenes varones víctimas de sacrificio, en ocasiones heridos en sus genitales, yaciendo en postura fetal enmedio de cartuchos y cables eléctricos. Hermann Nitsch (www.nitsch.org), que aún sigue en activo con su ya famoso “Teatro de Orgías y Misterios”, sacrifica piezas de matadero para realizar rituales dionisíacos donde la sangre y las vísceras de los animales adquieren un protagonismo absoluto, en combinación con música y pintura. Estos ritos tienen su base en la tradición europea y la cultura judeocristiana, cuyo dios Yahvé exigía sacrificios de animales. La sangre de Jesús es sagrada, la seguimos bebiendo, simbólicamente, como promesa de redención y vida eterna, en un acto de canibalismo como es la comunión, donde también comemos su carne, representada por la Hostia, el pan de cristo. Billy Curmano pretendía redimir de una manera simbólica la violencia mundial virtiendo su propia sangre sobre un globo terráqueo, enunciando los nombres de los paises en conflicto bélico.
Marilyn Manson (www.marilynmanson.com), líder de un revolucionario grupo de rock que ha removido las conciencias de la hipócrita sociedad puritana americana con sus convulsivas y sarcásticas letras, ha incorporado a sus actuaciones musicales un espectáculo teatral de ritmo satánico acompañado de una impresionante puesta en escena terrorífica, irreverente y glamourosa a partes iguales, algo que ya hizo en su momento el veterano Alice Cooper(www.alicecooper.com). Espectáculos que según sus detractores cristianos más enfebrilecidos incitan a la violencia, a la promiscuidad y al asesinato, convirtiéndoles, a él y a sus “Spooky Kids”(niños espeluznantes)en adoradores del diablo,en mesías del apocalipsis. Las cicatrices provinientes de salvajes cuchilladas que su líder Manson luce sobre el torso no dejan lugar a dudas del impactante mensaje que trasmite su peculiar filosofía, que nada tiene que ver con el demonio, sino con la reivindicación de la libertad, la individualidad y el disfrute de los placeres carnales sin remordimientos, algo que difiere completamente de ciertos dogmas religiosos. Volviendo al tema de la autolesión, citaremos algunas palabras sobre el tema de la psicóloga Brenda Love (http://www.kinkybooks.com/books/bk098.htm)
que pueden arrojar algo de luz sobre estas prácticas, cada vez más habituales en el arte de acción contemporáneo. Según ella, y tal y como cita en su “Encyclopedia of Inusual Practices”, “el hecho de cortarse provoca una sensación de intensidad, una muestra del poder personal sobre el destino del propio individuo. La cicatriz de la persona actúa como una constante afirmación de este nuevo poder sobre el dolor y la tragedia.”,sostiene asímismo que “cortarse siempre ha sido una forma de cura emocional. Hoy en dia mucha gente en instituciones psiquiátricas, hospitales y prisiones se corta como una forma más de autolesión. Los motivos de este tipo de comportamiento son diversos, pero muchas personas sienten que esos actos les ponen de nuevo en contacto con su cuerpo, para así volver a sentirse humanos. Le faltó pronunciarse acerca de aquellos que se provocan esas lesiones en un escenario, ante la mirada del público, y quizá hubiera llegado a la conclusión de , si el arte es el mejor camino hacia el entendimiento de una cultura, como dice John Denewey, no cabe duda de que la nuestra es una sociedad enferma, o cuanto menos, doliente y confusa. En un ritual de autolesión, el público con frecuencia sufre con el afectado, debido a una suerte de empatía que obliga al espectador a identificarse con el actor, lo que puede desembocar felizmente en una catarsis liberadora o traducirse en un rechazo visceral cercano al pánico o la angustia, pues la presencia de la sangre en el ser humano lo conduce a una situación de alerta, de huida o de auxilio. Paul MacCarthy, que es ligeramente posterior a los acccionistas vieneses, ridiculiza estas acciones tan extremas utilizando sustancias como tomate frito o pintura para simular la sangre, descontextualizando y pervirtiendo los rituales. Aunque no llega a la autolesión propiamente dicha , no por ello su trabajo deja de ser, cuanto menos, chocante, rozando la perversión más aberrante y coqueteando con parafilias sexuales de todo tipo. En el video “Sailor´s meat” aparece en una habitación de un hotel con bragas negras de puntilla manchadas de sangre y una llamativa peluca rubia. Se tumba plácidamente en la cama mientras simula follarse pilas de carne cruda y hamburguesas, con el pene pintado de rojo y un perrito caliente o hot-dog metido por el culo. En “My doctor”, rajaba una máscara de goma que llevaba en la cabeza para hacer una apertura en forma de vagina a través de la cual daba a luz a una muñeca cubierta de ketchup, representando el nacimiento de Atenea a través de la brecha del cráneo de Zeus.


Sangre, fluidos y otras abyecciones


Artistas subversivos como Ron Athey y Franko B. (www.franko-b.com)
han recurrido a la performance como vehículo de expresión para denunciar de un modo desgarrador el maltrato médico y socio-político que se les da los enfermos de SIDA, evidenciando su fragilidad y vulnerabilidad y criticando el profundo rechazo al que están expuestos continuamente los afectados.
Ron Athey(www.ronathey.com), con su “Teatro del Dolor”, donde es atravesado por dardos y coronado con espinas, nos muestra personajes delirantes tales como enfermeras travestidas, mezcla bizarra de Divine y Rocío Jurado, camillas donde padecen enfermos agonizantes que son sometidos sin piedad a procedimientos médicos tan habituales como vergonzosos, como son las lavativas y las inyecciones. Franko B., tras grabarse a cuchilla unas letras en la espalda, se pasea desnudo y sangrante por una pasarela cubierta con sábanas blancas, que recogen sus fluidos y que luego recicla para otras acciones. Se puede observar que cada vez son mas numerosas,o cuanto menos, más visibles, las manifestaciones artísticas que tienen su clave en la abyección, en la escatología, en el trauma y en la repulsión. Lo abyecto es lo que no respeta límites, lo que perturba identidad, sistema y orden, y ha sido muy bien acogida por el arte de vanguardia en tanto que la finalidad de gran parte de estas manifestaciones llevan como signo de identidad el deseo de perturbar el orden, el del sujeto y el de la sociedad. Tanto mostrar cadáveres como sanguinolencias o deyecciones corporales transgrede y supera las fronteras pre-establecidas del arte, obligándonos a replantearnos sus límites y enfrentándonos a problemas de índole moral y ética. La fascinación y el horror que sentimos a la vez por los fluidos, las heces, el esperma y las monstruosidades y aberraciones físicas es una característica esencial de ciertas expresiones del arte más vanguardista que, aunque ya comenzaron a brotar en los años 60 y 70 con las brutales performances de los accionistas vieneses, tuvieron su momento álgido en los 90, cuando el Whitney Museum for American Art organizó una exposición titulada “Arte Abyecto: repulsión y deseo en el arte americano”. Entonces, la poética abominable e iconoclasta del “trash” y aquello que consideramos “inmundo”, elevaron la abyección a categoría estética con su dinámica transgresora, irrumpiendo en el terreno de lo público, proclamando que lo inmundo es inseparable del cuerpo, y por lo tanto, humano, y digno de ser utilizado o representado con fines artísticos. Los accionistas vieneses de los años 60 llevaron el “shocked-art” de la performance más radical hasta el paroxismo, protagonizando violentas acciones que rozaban el masoquismo más enfermizo. Empezando por Gunther Brus, que se hizo un corte en la ingle a modo de vulva y la mantuvo sujeta con garfios a la piel. Muchos ritos tribales implican la imitación ritual por parte de los hombres de elementos femeninos, tales como vestidos, vaginas, menstruacion y parto ,para de esta manera incorporan simbólicamente al cuerpo masculino los poderes creadores de la hembra. En los ritos de iniciación de Australia Central se incorpora el principio femenino en el cuerpo del hombre realizando una hendidura semejante a una vulva en la superficie uretral del pene, sobre el glande. Brus también gustaba de introducirse alambres por la uretra, se vestía con ligueros y medias, se acuchillaba con tijeras hasta sangrar, cagaba y degustaba su propia mierda y vomitaba.(rituales coprofílicos que nos recuerda también a G.G.Allin(www.ggallin.com), famoso punk-star de finales de los 80 que murió de sobredosis tras una caótica actuación). Pero su espíritu temerario acabó traicionándole. En su última actuación, titulada “Zerrisprobe”(”Prueba de resistencia”), Brus se amputó parte del pene, en un delirante acto a autocastración, y la hemorragia fue tan letal que no se pudo hacer nada por su vida. Murió desangrado.


viernes, enero 07, 2005

La seducción de los caramelos


Los cebos azucarados de ogros y ogresas, brujas y pedófilos:

La supuesta inocencia y fragilidad de los niños los convierten con frecuencia en seres desprotegidos ante la multitud de peligros que acechan en mundo adulto. El paraíso de la infancia , en realidad no supone siempre un territorio edénico donde las criaturas angelicales retozan juguetonas entre algodones, ositos de peluche y pompas de jabón. Esta fantasía rousseauniana puede mutar en un siniestro bosque tormentoso, de árboles retorcidos de mirada aterradora, plagado de seres malignos y amenazantes hambrientos de la sangre fresca de los infantes. Ogros, brujas, lobos y sacamantecas son los siniestros moradores de ese lugar de pesadilla, tanto de los abruptos bosques de los cuentos de hadas como de la jungla de asfalto del siglo que nos ocupa.
Mientras que a los adultos se les engaña y se les seduce con otro tipo de lisonjas más sofisticadas, para los niños el señuelo más eficaz para ganarse su confianza son sin duda los caramelos, las golosinas. La glotonería de los pequeños y su amor por lo dulce, además de su naturaleza confiada, los convierte en presas fáciles de pedófilos desalmados o de asesinos en serie.
El caso de Albert Fish conmovió profundamente a la sociedad neoyorquina el día que se descubrió que había secuestrado a una niña con el fin de descuartizarla y comérsela en un festín caníbal. El anciano se delató en una estremecedora carta que envió a la madre de la pequeña, y que los medios de comunicación no se privaron de publicar. En ella relataba con todo lujo de detalles como había apaleado a la niña para que su carne se reblandeciera, qué partes había comido de la misma, de qué modo las habia cocinado y cuales le resultaron más sabrosas. Hacia el final de la epístola comentaba a la madre que no debía preocuparse de la honra de su hija: “No me la tiré, aunque podría haberlo hecho. Murió virgen.”.
Lo curioso es que el amable viejecito nunca despertó las sospechas de nadie, a pesar de que los informes psiquiátricos realizados posteriormente le definieron como una persona con fuertes tendencias sadomasoquistas, voyeur, exhibicionista, pedofílico, homosexual, coprófago y con una obsesión morbosa por el canibalismo. Además, Fish era un fanático religioso que interpretaba a su manera la Biblia y sufría de alucinaciones y arrebatos místicos. Tras hacerse amigo de la niña, a la que entretenía con juegos y chucherías, le pidió permiso a su progenitora para llevársela a la fiesta de cumpleaños de una sobrina suya (por supuesto, inexistente), a lo que la señora accedió de buen grado, y de lo cual se lamentaría más tarde y durante el resto de su vida. Fué condenado a la silla eléctrica, y los cientos de alfileres que tenía incrustados dentro del escroto testigos de sus rituales masoquistas, provocaron un cortocircuito.

Dejad que los niños se acerquen a mí…..

Estos ogros contemporáneos, psicópatas devoraniños, tienen su equivalente literario y fantástico en la tradición popular de los “sacamantecas” u hombres del saco, hombres feos y malvados que raptan a los niños y se los llevan a casa para sacrificarlos y hacer con su grasa jabón o ungüentos para curar enfermedades. En verdad esto tiene más de realidad que de leyenda, si hacemos un poco de memoria histórica.
Enriqueta Martí Ripoll, la vampira de Barcelona de principio de los años 20, responde al perfil clásico de bruja curuja en su vertiente más sádica. Esta aprendiz de hechicera secuestraba a pequeños aprovechando los descuidos de los padres y prometiéndoles golosinas. Pero una vez en su morada, los niños eran asesinados, desangrados y despedazados cruelmente. Con su grasa preparaba extraños mejunjes para curar diversas enfermedades y dolencias tales como la tuberculosis o la tisis, y con el túetano de los huesos elaboraba potingues supuestamente revitalizantes y dudosamente milagrosos. Ella misma creía en el poder vigorizante de la sangre, la cual procuraba beber bien fresca y directamente de los cuerpos degollados para aprovechar al máximo sus nutrientes y sus cualidades mágicas. Era hematofílica (no confundir con hemofílica), lo cual explicaba su obsesión enfermiza por la sangre, que creía que la rejuvenecía y le otorgaba una energía vital y sexual extraordinarias. Gracias al chivatazo de una vecina, los tejemanejes de la Ripoll fueron descubiertos. La policía halló en su casa(aparte de insalubridad, ratas y cucarachas) sacos de tela con restos de huesos y las ropas ensangrentadas de los niños, además de libros antiguos de hechicería, diversos cuchillos y una libreta con direcciones y nombres de gente perteneciente a las altas esferas de la sociedad barcelonesa. Las investigaciones se dispersaron y nunca concluyeron en nada tangible, lo que contribuyó a alimentar el mito de la vampira. Se rumoreaba que comerciaba con sus pócimas para aliviar los males de los ricos, a cuyas fiestas y orgías era invitada, y se la vio salir de noche lujosamente vestida mientras en la puerta la esperaban ostentosos coches para recojerla.
Como por el día iba sucia y harapienta como una mendiga, a la policía le sorprendió encontrar en su casa un baúl lleno de caros ropajes y exquisitas joyas de un valor incalculable. A Enriqueta podríamos considerarla la Condesa Bathory española, famosa esta última por asesinar y desangrar a sus doncellas campesinas para bañarse en su sangre virgen y conservar la eterna juventud. El detalle macabro del caso de la vampira de Barcelona, es que, a pesar de sus cuarenta años largos, se comentaba que gozaba de una excelente salud y que su cutis resplandecía como el de una veinteañera. ¿Sería el “poder milagroso” de la sangre de los infantes lo que la mantenía tan lozana y hermosa a pesar de su austera vida diurna y su disoluta vida nocturna?

“¡¡No aceptes caramelos de desconocidos!!”

¿Cuantas veces habremos oído esta intrigante advertencia de boca de nuestros mayores? A los niños les pierde su avidez oral, su ansia de dulce, y esto es bien conocido por todos, tanto por buenos como por malos. Cuando un niño hace algo bien, se le recompensa con una golosina, y por el contrario, cuando se porta mal, se le castiga sin chuches. Este sistema de gratificación y castigo por medio de los dulces forma parte de su atractivo y fomenta el deseo de los pequeñuelos por estas frivolidades alimenticias, que cada vez tienen menos de alimenticias y más de frivolidad.
Los caramelos son utilizados por los lisonjeros malévolos como reclamo y como pegajoso señuelo para atraerlos a terrenos movedizos plagados de intenciones sórdidas. Los pedófilos esto lo saben bien, y con la promesa de entregarles más dulces, los niños acuden atolondrados, como los ratones de Hamelín tras el meloso silbar de la flauta, cayendo en la trampa. Todos hemos tenido un viejo verde en nuestras vidas, un amable señor o vecino que con azucarosos cebos se ganaba la confianza de los más golosos para obtener a cambio algún tipo de gratificación sexual. Si bien los penes no tienen el delicioso sabor de los Kojak, con el estómago lleno se piensa menos, y antes de que se den cuenta los pequeños, ya están manipulando piruloides de los que nunca se gastan por mucho que los chupes.
El cuento de Hansel y Gretel y la casita de chocolate de los hermanos Grimm es especialmente aleccionador, y es a su vez un relato que conmociona y fascina especialmente a los niños, por el profundo valor psicológico y simbólico que desprende y por su extraordinaria crudeza.
La situación de partida es la siguiente. Los hermanos Hansel y Gretel son abandonados en el bosque por parte de sus progenitores, unos modestísimos y paupérrimos campesinos que no tienen nada que comer y que no les queda más opción que deshacerse de los niños ante la tentación de comerse a sus propios hijos en un arrebato famélico. Esto supone para los pequeños un gran momento dramático, pues uno de los miedos más terribles y típicos del niño es el de ser abandonado. El otro, es ser devorado. Debido a la tremenda desproporción física de los años más tiernos, a ojos de los niños los adultos parecen ogros, gigantes de gran envergadura que en vez de resultar entes protectores, en ocasiones se tornan figuras amenazantes.
Hansel y Gretel avanzan abrazados por un bosque hostil, donde les acechan infinidad de peligros, pero de repente…se alza ante ellos una deslumbrante y deliciosa casita de chocolate. Los niños, hambrientos e incapaces de controlar su voracidad, sacian su apetito mordisqueando las paredes de mazapán, las vigas de caramelo y los apliques de nata…, hasta que son sorprendidos “in fraganti” por la perversa bruja del cuento, que los engaña y los invita a entrar, encerrando a Hansel en una jaula con el fin de engordarlo y comérselo y convirtiendo a Gretel en una sumisa sirvienta.
Los niños viven atemorizados por la bruja, de nuevo aparece el miedo a la devoración tan propio de los cuentos de hadas y tan arraigado en nuestro subconsciente, aunque gracias a la astucia de los pequeños la pérfida mujer es la que acaba en el caldero tras ser empujada por una envalentonada Gretel. Un final feliz para un cuento que muchas veces no acaba tan bien en el mundo real.
Los actos de violencia y los abusos sexuales que tienen como víctima a los niños crean una especial repulsa social, y el abusador pasa a ser automáticamente despreciado y estigmatizado, hasta el punto que en la misma cárcel estos presos necesitan protección especial para no acabar siendo violados, torturados y linchados por sus propios compañeros de celda. Por otra parte, los abusadores suelen haber sido a su vez víctimas de abusos y vejaciones en su infancia, por lo que se deduce que estas pautas de comportamiento adquiridas se fraguan en la niñez, revelándose en toda su crudeza al llegar a la fase adulta o post-adolescente, continuando así la cadena de maltrato.
Ogros contemporáneos como Albert Fish, con quince víctimas probadas, Enriqueta Martí Ripoll, con casi una decena, Myra Hindley y Ian Brady, que mataron y torturaron a cinco menores mientras grababan sus desgarradores alaridos, el colombiano Luis Alfredo Garabito, que confesó más de treinta asesinatos, o el reciente Marc Dutroux que conmocionó Bélgica. Así se abre un largo etcétera de celebridades, algunas aún con vida, y a las que no les queda el consuelo de la redención ni la esperanza en el perdón del colectivo social por la irremisibilidad de sus crímenes
Este tipo de sucesos despiertan tal repugnancia y aversión que la posibilidad de la reinserción es cuanto menos absurda. Desde el momento en que se haya hecho público su delito estarán más seguros en la cárcel que fuera de ella, donde se exponen al linchamiento público y a la justicia popular del ojo por ojo, diente por diente.
Willy Wonka y la fábrica de chocolate
Otro gran Señor de los Caramelos, no tan perverso pero sin embargo no exento de cierta malicia, lo hallamos en el Willy Wonka interpretado por Gene Wilder en “Willy Wonka y la fábrica de Chocolate”(Mel Stuart,1.971). En un tono amable y toscamente aleccionador, la versión cinematográfica de Roald Dahl nos sumerge en el increíble submundo de una maravillosa pero al tiempo siniestra fábrica de dulces, donde nadie entra y nadie sale, pero que abre sus puertas a los cinco niños afortunados que encuentren los cinco billetes dorados que se hallan ocultos en cinco de los billones de chocolatinas dispersas por todo el mundo.
El premio, aparte de la visita a la fábrica, es una provisión de por vida de dulces y chocolates. Esto despierta la avaricia natural de los pequeños, que empiezan a comprar de manera compulsiva los productos del señor Wonka en busca del ansiado billete. La moraleja es bien clara, y el egoísmo, la volubilidad y el carácter caprichoso de los niños acaba conduciéndolos a la perdición,a excepción del modesto y benévolo Charly, que consigue conquistar el corazón (y heredar la fábrica)del señor Wonka gracias a su honradez y a su humildad.
Los castigos que reciben los niños por su gula y avaricia son ejemplares. Mientras que el gordito acaba engullido por un rio de chocolate sobre el que se abalanza sediento de cacao, otra niña petarda e insolente acaba convertida en arándano flotante. La ricachona caprichosa no corre mejor suerte, y el insoportable canijo adicto a la televisión acaba siendo reducido a tamaño liliputiense.
Niños y caramelos, caramelos y niños…, nuestra infancia está regada de nata y sirope, salpicada de virutas de azúcar y chocolate y aromatizada con regaliz y fresas. Con el tiempo, la obsesión por lo dulce desaparece, o por lo menos mengua, en parte porque nuestro cerebro adulto necesita menos glucosa y porque nos preocupamos por nuestra salud dental y por nuestro peso.
Pero no podemos obviar que el circuito de las gratificaciones ha quedado marcado por el método de compensación y castigo en base a las chuches impuesto por nuestros mayores. Cuando nos sentimos mal es sencillo paliar el malestar y la soledad con un bote de leche condensada o una tarrina de helado de nueces, en una especie de ritual de autorecompensa que solo durará lo que tardemos en devorar nuestro pegajoso banquete.

domingo, enero 02, 2005

ARTE Y CANIBALISMO

Si es que algunos niños están para comérselos…, y si no, que se lo digan a este artista natural de Shanghai. Zhu-yu , desafiando a la censura y rompiendo el último tabú que se cierne sobre la humanidad, el canibalismo o antropofagia, lleva más de dos años presentando un performance en el que devora parte de un feto de siete meses, que ha sido previamente cocinado. Estas imágenes formaron parte de un documental titulado “Pekín se mueve”, emitido en la cadena británica Channel 4, consiguiendo una audiencia de más de un millón de espectadores. Esta cadena, de corte sensacionalista, también fue la responsable de emitir la autopsia pública que realizó el doctor Von Hagens, que causó no menos controversia. Aunque muchos sostienen que se trata de un engaño efectista, y que el cadáver es un cuerpo de pato con la cabeza de un muñeco, lo cierto es que se trata de un bebé real que nació muerto, y que según él, consiguió en un colegio médico. De hecho hay fotos previas al banquete donde se le puede observar lavando al niño bajo un grifo y preparándolo para cocinarlo. Zhu-yu afirma que ninguna religión prohíbe estrictamente el canibalismo, y que ninguna ley se manifiesta claramente en contra de la ingesta de carne humana. “He aprovechado el espacio vacío entre la moral y la legalidad para desarrollar mi trabajo”-asegura.
Pero la degustación de este banquete incomparable no fue de su agrado, y menos mal, porque si hubiese declarado que le pareció delicioso hubiera tenido aún más problemas. Afirmó que la ingesta de la carne del infante no le resultó agradable, ni mucho menos sabrosa. Al contrario, le supo bastante mal e incluso le produjo arcadas y le hizo vomitar varias veces. La segunda parte de la performance se titulaba “Cerebro enlatado”, y consistía en introducir sesos humanos en recipientes para mermelada. Más tarde, volvió a estar en el candelero con su obra “Skin graft”, en la que cosía un trozo de su propia piel en el cuerpo de un cerdo muerto, en un intento simbólico de sanar el cadáver agregando la piel saludable.(¿?). Anteriormente a estas obras ya instaló un brazo de un muerto momificado en una muestra de arte, al que tituló “Pocket Theology”. La mano pendía del techo de la sala, sosteniendo una soga que recorría toda la instalación.
Lo curioso es que las fotografías de Zhu- Yu devorando al pequeño circularon por Internet causando gran alarma, pues iban acompañadas de un comunicado que denunciaba la costumbre de comer fetos en algunas regiones de China, que los consideraban una auténtica “delicatessen” , y además, aseguraba que incluso en algunos restaurantes se servían estos “manjares” para deleite de los comensales. Este rumor generó una actitud de repulsa y vergüenza a nivel internacional, suerte que el gobierno chino se manifestó a tiempo, desmintiendo radicalmente las graves acusaciones. Tal fue la indignación provocada por este altercado que el Ministerio de cultura prohibió seriamente las manifestaciones artísticas transgresoras de carácter sangriento, violento o erótico, en especial las que incluyeran la manipulación de animales o humanos, vivos o muertos, amenazando con penas de entre tres y diez años de cárcel a los artistas que osaran incumplir estas normas. No solo el arte de Zhy-yu conmovió y sacudió las conciencias de la sociedad oriental, a la vez que él, otra serie de artistas del llamado “arte corporal chino”, se atrevieron con propuestas igualmente arriesgadas e impactantes. Tal es el caso de la pareja formada por Peng Yu y Sun Yuan. En su pieza “Siamese Twins”, los artistas, mediante una transfusión en directo, bañan de sangre los cuerpos de dos siameses muertos, aludiendo a la irreversibilidad de la muerte y la imposibilidad de resucitar. La obsesión de Peng Yu gira en torno a la creencia de que el cuerpo carece de alma, y en otra de sus acciones, llamada “Oil of human being”, inyecta en el cadáver de un niño lo que ella llama “aceite de humano”, y que no es sino un líquido oleoso que exhudan los cadáveres de la morgue. En otra de sus obras, mostraba una columna untada de grasa humana proviniente de liposucciones. La muestra iba acompañada de fotografías que mostraban el proceso de la liposucción del tejido adiposo, así como la preparación de la grasa para embadurnar la columna. Esta obra se parece sospechosamente a la que ya realizara la artista mejicana Teresa Margolles, “Secreciones sobre el muro”, y en la que también utilizaba la grasa obtenida de clínicas de liposucción. ¿Coincidencia?… Quizá una vez más, y como sucede en el cine, el arte se copia a sí mismo. En estas muestras de arte chino, sobre las que además se tiene muy poca información, no parece quedar muy claro el concepto sobre los que los propios artistas intentan sustentar y justificar su arte, parece más bien que se trate de una moda, importada o autóctona, y no parece que vaya a trascender por lo difícil que resulta profundizar en sus registros y sentidos, de dudosa sinceridad. Parece una especie de competición sensacionalista para ver quien logra causar más impacto en el público con sus acciones,
Fuera de los límites de la cultura oriental , también encontramos manifestaciones extremas que tienen como protagonista el canibalismo, aunque no de una manera tan radical. Tal es el caso de la argelina China Adams, que pidió a través de Internet un “donante de carne humana” para una performance, consiguiendo la donación de un trozo de muslo, que cocinó con aceite y ajo y devoró ante una perpleja audiencia. Ya en 1999, la artista permaneció nueve días alimentándose exclusivamente de sangre, proviniente de voluntarios, en una obra que tituló “Blood Comsuption”. El francés Michel Journiac hizo un pastel con su propia sangre (infectada con el virus del SIDA) y lo dio a comer al público que asistió a su acción “Messe pour un corps”.Ron Athey hizo algo similar en una de sus performances, lanzando al público papeles manchados de su propia sangre, también infectada, provocando la estampida del público, aterrorizado ante la posibilidad de contagio.
Los cristianos comulgamos simbólicamente con la sangre y el cuerpo de Cristo, ya adoptamos este ritual como una manera de poseer su espíritu dentro de nosotros. En muchas culturas primitivas, la ingesta de carne humana no supone ningún peligro ni se la considera una práctica amoral. A veces la antropofagia surge cuando la escasez de alimentos la requiere, pero otras veces, el consumo de carne humana alude aritos religiosos o de carácter iniciático. En muchas tribus, devorar el corazón y el cerebro u otras vísceras del enemigo suponía un triunfo para los ganadores, que de esa manera se apoderaban de su energía y su valor.
Otras veces la sangre del fallecido es ingerida, en pequeñas proporciones, por los propios miembros de la familia o tribu, para que de esta manera la carne vieja viva en la carne joven. En los testículos y el pene residía la esencia y la fuerza varonil, mientras que en el cerebro se posaba la sabiduría, y en el corazón y la sangre, el espíritu y el coraje. Esta atracción primitiva por el consumo de la carne humana tiene su significación en las relaciones de poder, en la consumación de la muerte y la perduración de ésta en el cuerpo y en la vida del que la come. Ñam ñam…
En algunas regiones como Papua pervive el canibalismo, donde forma parte de un ritual sagrado que perpetua la vida y recicla la esencia espiritual del muerto en el clan. No ingieren grandes cantidades, sino que lo hacen con pequeñísimas porciones, de una manera simbólica, y además, sienten repugnancia al hacerlo. Las mujeres prueban la grasa del estómago, donde se cree que reside la esencia femenina, y la familia masculina del muerto saborea trozos de los testículos, donde se halla la energía viril. Pero estas manifestaciones arcaicas tienen mayoritariamente connotaciones de carácter ritual y religioso, algo que trasladado a nuestros días carece de sentido, o por lo menos, lo modifica en gran parte. Goya representó a Saturno devorando a su hijo Cronos en una de sus pinturas más oscuras, y Jonathan Swift proponía en su manifiesto “Una modesta proposición”, alimentar a los niños hasta la edad de un año para venderlos como rico alimento. Sostenía que era una inteligente solución al problema de la mendicidad infantil, en una época en la que las familias numerosas no podían permitirse el lujo de alimentar a todos sus retoños, obligándoles a pedir limosna y a robar en las pequeñas tiendas. Vender a los niños a esa edad, cuando están mss deliciosos y tiernos porque solo se han alimentado de leche materna, supondría una gran alivio económico para las familias irlandesas.
La oralidad, la nutrición y el canibalismo está íntimamente ligado a la sexualidad. Basta con recordar expresiones tan habituales y supuestamente inocentes como “está tan buena que me la comería…”, o la canción que popularizaron las Azúcar Moreno “Devórame otra vez…,devórame otra vez…”. De hecho el ritual amatorio empieza con la seducción de las palabras, después con el roce de los labios, de las bocas, mientras los besos y los lametones van ganando intensidad hasta llegar a los dientes. Alguien dijo que un beso no es más que un mordisco que aprendió educación. El ansia de los amantes por “devorarse”, para poseerse el uno al otro en un acto lujurioso y caníbal que parece tener más de sacrificial que de lúdico, tiene su clave en el carácter violento y transgresor del acto sexual en sí mismo, un acto que nos acerca al abismo de la muerte y nos conduce a la disolución, como ya enunciaría Bataille.
Es fácil incluso encontrar referencias al canibalismo en los cuentos de hadas. El lobo, que en versiones como la de Perrault es una metáfora picante, devora a Caperucita Roja después de meterse en la cama con ella… “Abuelita, abuelita, que dientes tan grandes tienes…-¡Para comerte mejor! –contesta el lobo, zampándosela de un bocado. En una versión más grotesca de este relato, titulado “El cuento de la abuela”, el lobo llega antes que la niña y mata a la abuela, pero en vez de comérsela pica su carne y guarda la sangre en una botella. Al llegar Caperucita, hambrienta y sedienta, se dirige a la alacena, come la carne de su abuelita y bebe su sangre. En un aspecto simbólico, este acto representaría el renacimiento de la carne vieja en la carne nueva, la continuidad de los genes de nuestros ancestros, sangre de nuestra sangre. La bruja de “Hansel y Gretel” los seduce con su casita de chocolate y mazapán y los ceba con la intención de comérselos, aunque aquí no encontramos metáfora sexual, si no que alimenta más bien la creencia medieval en las brujas, mujeres que vivían solas, tenían conocimientos de hechicería y devoraban a los niños. En periodos de hambruna, no era raro que desaparecieran niños o jóvenes cuya carne era luego devorada y vendida en el mercado negro, no por las brujas, sino por los ciudadanos famélicos.
Fritz Haarmann, el carnicero de Hannover, un conocido psicópata del siglo XX, engañaba a jóvenes chaperos con la intención de asesinarlos para comer y vender sus trozos en la carnicería que regentaba. Los cuentos de hadas están poblados de ogros y brujas antropófagas, que se comen a los niños o a las princesas. La madrastra de Blancanieves la destierra a un bosque y envía a un cazador para que la mate y le traiga el corazón para comérselo y poseer su belleza. La tradición popular recoge numerosos mitos acerca de este fenómeno y alude a él en numerosas manifestaciones. Los cuentos hablan de nuestras emociones más profundas, son un espejo de nuestras preocupaciones y nuestros miedos ancestrales, de nuestras obsesiones y deseos, y bajo su barniz infantil nos muestran las verdades más esenciales del espíritu humano. Esto es algo que ya señaló Bruno Bettelheim en su libro “Psicoanálisis de los cuentos de hadas”, donde resaltaba el profundo significado que subyace en estos relatos, haciendo especial hincapié en el revelador aspecto sexual de los mismos, como ya haría el psicoanálisis, siguiendo la tradición de Freud.
Pero volviendo a las manifestaciones artísticas de vanguardia, la antropofagia carece de sentido, en el aspecto en que no es necesaria pues no nos apremia la escasez de alimentos. El canibalismo de carácter ritual e iniciático tampoco parece adquirir su significancia en estos actos, despojados de toda devoción religiosa. Más bien atendemos a una necesidad de volver la mirada hacia nuestro propio cuerpo y sus necesidades y urgencias. También nos encontramos ante una mera y simple acción transgresora, la ruptura de un tabú que culmina, no en la representación, sino en el acto mismo del canibalismo. Zhu-Yu proponía algo más que un juego, llamando la atención sobre ese posible hueco de la legalidad y la moralidad hacia la ingesta de carne humana. La chuleta de muslo de China Adams llamaba de alguna manera la atención hacia el mismo punto. Somos dueños de nuestros propios cuerpos, y nadie nos puede prohibir la donación voluntaria de parte de nuestro cuerpo con una finalidad gastronómica, si las dos partes están de acuerdo. El pastel de sangre de Michel Journiac quizá si aludía a la comunión en un sentido más estricto. Como diría Jesucristo: “bebed todos de mi sangre que yo viviré en vosotros”. Claro que Journiac no es Jesucristo, es un enfermo de SIDA, y el terror a la enfermedad, al contagio y a la sangre infectada seguro que a más de uno le impidió disfrutar de la tarta, aunque el fuego y la cocción mata los virus y las bacterias contagiosas que pueden habitar en la sangre. Cuando China Adams se mantuvo durante nueve días alimentándose con la sangre de los donantes, se convirtió en una versión moderna del mito de la mujer vampiro, que se alimenta de la sangre y la semilla del hombre para arrebatarle su fuerza y prolongar su belleza y juventud. El mito de la mujer bebedora de sangre perdura en nuestros años. Antes se creía que la mujer necesitaba de este preciado cáliz para reponerse de las pérdidas menstruales, y era habitual en ciertos enfermos, como los anémicos o los tísicos, el consumo de sangre, que bebían directamente de los animales en los mataderos. Pero el mito del vampiro tiene más de superstición que de hecho científico, si bien es cierto que existe un trastorno psiquiátrico denominado hematofilia, en las que los afectados sienten una gran obsesión, casi siempre de carácter sexual, por la sangre, llegando a autolesionarse o agredir y asesinar a otras personas para la consecución de su placer. En Kassel, Alemania, un hombre se comió a otro al que conoció a través de Internet. Puso un anuncio en el que se declaraba abiertamente caníbal y deseoso de cumplir su sueño de degustar la carne humana, que durante tanto tiempo le había obsesionado. Pretendía contactar con un voluntario con los mismos gustos para reunirse en un lujurioso banquete donde ambos comerían y comoerían partes de sus propios cuerpos. Todo hubiera ido medianamente bien si el inductor no se hubiera excitado de tal manera al ver la sangre que acabó con la vida del otro comensal, del que dió buena cuenta después de muerto. Esto, además de canibalismo, derivó en asesinato y consecuentemente en necrofagia, o sea, el acto de devorar a un cadáver. El canibalismo consentido puede que no esté penado, pero el asesinato sí, por lo que el sádico comilón acabó dando con sus huesos en la cárcel. La historia del crimen ha registrado numerosos casos de asesinos caníbales, casi siempre asesinos de tendencias sádicas que tras torturar, violar y acabar con la vida de las víctimas, devoran partes de su cadáver en un macabro ritual necrófago. En la mayoría de las ocasiones para obtener gratificación sexual, pues el canibalismo patológico está íntimamente ligado a la necrofilia, y otras veces, para retener la esencia y la fuerza de sus víctimas en sus propios cuerpos. Asesinos como Jeffrey Dahmer, que mostraba preferencia por los homosexuales, Dennis Nilsen ,que convertía el ritual en un acto de amor, Ted Bundy, el payaso asesino, Andrei Chikatilo y muchos más que engrosarían la lista. De cosecha propia tenemos a los españolísimos Manuel Blanco Romasanta, (“el hombre lobo gallego”), que mataba a golpes a sus víctimas en la soledad de los bosques para luego despedazarlas y comerlas, y a Enriqueta Martí Ripoll (“la vampira de Barcelona”), que secuestraba a niños de tierna edad para beber su sangre, vendiéndola junto a algunos de sus en el mercado negro, junto ungüentos que hacía con el tuétano de los huesos.
El acto de devorar a otro ser humano tiene un signiicado ambivalente. Por un lado es un impulso de amor incontrolado, por otro lado es un acto de aniquilación radical y de asimilación de un poder extremos. Entre los animales es algo muy común. Alimentarse de un congénere recién fallecido les asegura la supervivencia con la asimilación de proteínas y nutrientes básicos, evitando además que otros depredadores den buena cuenta de ellos. Muchas madres devoran a sus crías más débiles como síntoma de un déficit vitamínico y nutricional o por que no se ven capaces de alimentar a tantas bocas. Solo los más fuertes sobreviven, eso es ley de vida.
No somos animales, está claro, y nuestras neveras y supermercados nos ofrecen alternativas infinitamente más sabrosas y sugerentes que la carne humana, pero la atracción que ejerce sobre nosotros el canibalismo no se puede poner en duda. Exceso, posesión, renacimiento, amor, fuerza, lujuria, muerte, redención, devoción, poder, deseo, repugnancia, aversión… Los sentimientos y sensaciones que nos evocan este último acto sacrificial son múltiples, contradictorias y en ocasiones complementarias. Comer, beber, amar… El sexo, la muerte y la gastronomía han ido de la mano gracias también a la magia del cine, y no solo en sus manifestaciones màs salvajes y evidentes como las que nos muestra una y otra vez el cine de terror, sino de una manera más refinada, en un plano mucho más psíquico e intelectual, dejando traslucir una poesía poco habitual en el tratamiento del canibalismo. Hablamos de directores como Peter Greenaway, cuya obra cinematográfica está poblada de sugerentes alusiones a la carne y al deseo de devorar y ser devorado, mezclando el arte con la escatología como en “El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante”, o “El bebé de Macón”.
Jorg Büttgereit nos mostraba en “Necromantic”(1987)y “Necromantic II”(1991) la pasión necrofílica desbordante de una joven, obsesionada por copular con cadáveres. En una escena maestra de la película, la protagonista corta la cabeza de su joven novio en el momento del éxtasis, inundándolo todo de sangre y alcanzando ella de este modo su grado máximo de placer. Las mantis religiosas, después de ser inseminadas, arrancan la cabeza del macho y la devoran en un último y cruento acto de amor, donde el acto sexual se convierte en un ritual sacrificial donde la hembra se erige triunfante y vencedora en ese pulso entre la vida y la muerte.
La historia del arte, y del cine, está poblada de imágenes de mujeres castradoras, como Judith o Salomé (especialmente la versión literaria de Oscar Wilde), que provocó la decapitación de San Juan Bautista al negarse éste a satisfacer sus deseos lascivos, su demanda de amor, amor caníbal, pues al acabar la escena, cuando le entregan la cabeza del santo ya inerte en una bandeja de plata, Salomé la besa, la besa ardientemente como si deseara devorarla para poseerlo eternamente.
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viernes, diciembre 24, 2004

Heroínas pasivas, víctimas glamourosas


Los elementos de costura, como alfileres, agujas, hilares, como en el“Enanito saltarín”, y ruecas como en “La Bella Durmiente”, son habituales en los cuentos, y constituyen herramientas y símbolos que aparecen en los ritos de iniciación femenina de todo el mundo.
Hilar era la labor más absorbente que realizaban las mujeres, sobre todo en Francia, donde los textiles representaron la industria nacional. Se hilaba hasta en los orfanatos, en las cárceles, y hasta las prostitutas hilaban en sus horas libres. En el campo era una labor incesante.
Estas historias orales subidas de tono y de carácter truculento comparten varias cosas: el canibalismo, la escatología, la confusión de identidades y en encuentro en la cama con un enemigo peligroso. Los cuentos de Perrault también hacían especial hincapié en los aspectos morbosos, y estaban destinados principalmente a ilustrar la moral de la corte.
En “Barbazul”, la joven novia de un rico viudo descubre que se ha casado con un asesino en serie, cuando la deja sola en el castillo y le deja las llaves de todas las habitaciones incluida la de una a la que le prohibe entrar. Movida por la curiosidad, desobedece la orden y descubre un esqueleto y restos ensangrentados de sus anteriores esposas colgando de las paredes. Aterrorizada,deja caer la llave y una mancha de sangre indeleble la delata ante el marido, logrando salvarse de su furia gracias a sus hermanos.
La llegada del psicoanálisis trajo muchas interpretaciones de estos cuentos, sobre todo interpretaciones de carácter sexual, de mano de Erich Fromm y Bruno Bettelheim(“Psicoanálisis de los cuentos de hadas”) principalmente.
En los cuentos de hadas más populares, tanto la Bella Durmiente como Blancanieves viven una versión pasiva del rito de paso. Esperan encerradas en altas torres o dormidas,en un estado semejante a la muerte, a ser redimidas de la maldición , hasta que finalmente son rescatadas o resucitadas por un príncipe o figura masculina que las libera del sueño del sarcófago, de la barriga del lobo o del castillo encantado.
Hay que aclarar que los cuentos de hadas no son mitos. Los mitos tratan de lo sagrado, relatan y glorifican las hazañas del hombre y sus triunfos son macrocósmicos, mientras que los cuentos de hadas por lo general se centran en las mujeres y suponen un triunfo doméstico, macrocósmico. Hablan de la familia, de la moral, de crecer y hacerse viejo y de las relaciones entre los sexos. Conforman una ventana única a la contemplación de nuestras preocupaciones más profundas, y a nuestra idea de la identidad social y cultural. Un cuento de hadas tiene lugar fuera de la historia, en un pasado indeterminado.
Entrado el siglo XIX, las feministas se fijaron en el machismo que imperaba en estos cuentos. Mientras los jóvenes emprenden arriesgadas búsquedas y son recompensados con riquezas,a ellas les espera el matrimonio. Ella es amada por su hermosura y no pro otras cualidades, y para lograr el ansiado matrimonio habrá de pasar por humillantes pruebas. Las hermanastras de “Cenicienta”la obligan a vestir con harapos, tratándola como a una esclava del hogar entre la ceniza y la mugre. Los padres de “Rapónchigo”, o Rapunzel, la entregan a una vieja bruja que la encierra en una torre muchos años, torre a la que puede trepar gracias a sus largas trenzas, que más tarde cortará, despojándola así de parte de su encanto femenino, al descubrir que un príncipe la visita por las noches. La celosa madrastra de “Blancanieves” la obliga a marcharse al bosque donde se convierte en empleada de unos enanitos y, tras ser engañada y envenenada por la bruja, cae en un profundo sopor del que sólo despertará gracias al príncipe de turno. En “La muchacha sin manos”, un padre por error promete entregar a su hija a un malvado extraño, y se ve obligado a cortarle las manos y dejarla marchar, mutilada y vendada, para que recorra el mundo como una mendiga.
La sumisión de la heroína es su boleto más seguro para un final feliz,con campanas de boda y muchas perdices. Aunque la heroína es admirada por su belleza, realmente es premiada por su pasividad, en especial la de los Hermanos Grimm. El exilio, el aislamiento, los harapos y la sumisión no es lo peor que deben soportar las protagonistas, lo peor es que con frecuencia se nos ofrece una visión romántica de su asesinato. La excitación que siente el Barbazul de los Hermanos Grimm al contemplar los cadáveres de sus esposas roza la necrofilia. Y el príncipe de la Bella Durmiente cae arrodillado y extasiado ante su cuerpo comatoso. El maromo de Blancanieves propone a los enanos llevarse a la joven fallecida en su ataúd, dispuesto a compartir su vida con el hermoso cadáver.
Para las feministas estos cuentos, que hemos llevado en el estómago y el corazón durante toda nuestra vida como parte de nuestra verdadera identidad, crean en las niñas el sueños de convertirse en víctimas glamourosas.
Simone de Beauvoir escribió en “El segundo sexo”, que “todo un rebaño de heroínas delicadas, golpeadas, pasivas,heridas y humilladass, demuestra a su joven hermana el fascinante prestigio de la belleza martirizada, resignada.”
El fetiche de la mujer muerta, pasiva, como objeto erótico, ha estado siempre presente a lo largo de la historia del arte, alcanzando a las vanguardias. Mujeres vendadas, convalecientes, inmóviles, com las de Slocombe y Trevor Brown, que veremos más adelante, o las muñecas y maniquíes mancilladas o hipersexuadas maquinas de amar propias de los surrealistas, como Bellmer, o sometidas a una mirada más crítica e irónica como las de Cindy Shermann. Las muñecas se hallan en un terreno ambiguo que se encuentra entre la vida y la muerte, la realidad y la fantasía, y en su condición de criaturas inertes, susceptibles de procesos de manipulación y reinvención del cuerpo y sus múltiples posibilidades, han sido motivo de inspiración para multitud de artistas, y elemento fundamental para la creación de obras artísticas relativas a la re(o de)-construcción o perversión de la identidad y la sexualidad femeninas.



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jueves, diciembre 23, 2004

El sadismo de los cuentos de hadas


Ilustración by Trevor Brown

Si echamos la vista atrás, cuando no había televisión, ni cine, ni existia la play-station, la historias de tradición oral y los cuentos de hadas que formaban parte de la literatura infantil eran adornados con considerables dosis de crueldad. Antes de los hermanos Grimm, la literatura infantil no existía, pero tampoco existían los niños en la manera en que hoy los concebimos. Hace siglos, los niños nacían uno tras otro, las madres parían como conejas, y estos morían con frecuencia a muy temprana edad, siendo casi ignorados hasta que habían demostrado su capacidad de sobrevivir. Una vez hecho, se incorporaban de inmediato a las filas de los adultos.
Los niños aristócratas eran vestidos con corsés,chalecos y pelucas empolvadas, y los niños de las clases bajas, que eran mucho menos resistentes y enfermaban con facilidad, se ponían a trabajar en el campo. Se les casaba tan pronto como les fuera posible, para que cumplieran con el deber de procrear.La Revolución Industrial del siglo XIX trajo grandes cambios. Las fábricas y las vias de tren se extendieron y los pueblos a su vez se transformaron en ciudades. Las masas de población se extendieron del campo a los centros fabriles y así nació la clase media urbana y la nueva familia victoriana. Los niños, en vez de marcharse de casa como aprendices, trabajaban en las fábricas y pasaban más tiempo en el hogar, y también se tenían menos hijos. De esta manera comenzó a nacer la noción de infancia como un periodo definido de la vida humana, con sus propias necesidades y características, el juego, la educación y la instrucción moral. Al principio los libros eran un objeto de lujo y eran caros, pero mas tarde empezaron a circular a precios económicos.
A medida que la clase media crecia, la tasa de alfabetización aumentaba. Se empezaron a publicar las fábulas de Esopo, y más tarde las de los hermanos Grimm. Estos no tenían gran interés en los niños ni en sus libros, pues eran académicos preocupados por el lenguaje y el folclore y la preservación del patrimonio cultural, pero encontraron el mercado infantil más lucrativo. Las referencias al sexo, al incesto y al embarazo fueron expurgadas, pero se mantuvieron sin embargo la violencia de los relatos, cuya función principal era hacer más dramática la lucha entre el bien y el mal. El objetivo principal era enseñar moral y buenas costumbres a los niños y promover ciertos valores familiares, como la primacía del padre en el hogar, la disciplina, la obediencia y la piedad.
Por poner un ejemplo, durante años circuló un truculento relato sobre una niña que se comía a su abuela. En el camino hacia casa de esta, la niña se encuentra con un hombre lobo, que al enterarse de su destino, la engaña y la hace avanzar por el camino más largo, el de las agujas, mientras él toma el más corto, el de los alfileres. El avispado lobo llega antes, mata a la anciana, pica su carne,mete la sangre en una botella y se introduce en la cama. Cuando llega la pequeña, hambrienta y sedienta, el lobo la incita a beber la sangre y comer la carne de su abuela, metiéndose después en la cama con el malvado. Al descubrir el engaño al que ha sido sometida, finge que quiere defecar y se escapa, soltando el nudo que el lobo le ha atado a la pierna. En otra versión del cuento, la heroína pasa por un río y una puerta y se encuentra con una mujer ogresa que fríe las orejas de la abuela y cocina los dientes. Las versiones que nos han llegado más actualizadas de Caperucita Roja no son tan atroces, pero no dejan de resultar violentas.

La fascinación por la violencia

El terror y la violencia siempre han sido temas recurrentes de la mitología ,el teatro, la literatura, etc…No es algo nuevo, no se trata de un fenómeno contemporáneo que se haya filtrado a través del cine y los videojuegos que tan preocupados tienen a los padres y educadores. Los césares romanos ofrecían espectáculos sádicos donde los esclavos acababan siendo brutalmente atacados y devorados por los leones en un gesto de pulgar. De la misma forma, las ejecuciones públicas eran del agrado del pueblo, y cientos de personas, tanto adultos como niños, se agolpaban en las plazas para contemplar el macabro evento y ver morir al reo. La horca, el garrote vil, la guillotina, eran métodos de aniquilamiento que si bien resultaban rápidos no por ello dejaban de ser cruentos y la sangre salpicaba el escenario de una manera escandalosa. Por no hablar de los sofisticados instrumentos de tortura con los que se pretendía arrancar confesiones a los sospechosos de brujeria,con nombres tan espeluznantes e ilustrativos como la garra de gato, el aplastacabezas, el desgarrador de senos, la pera oral, rectal o vaginal, y la Doncella de Hierro, una especie de ataúd de metal con forma antropomórfica cuyo interior estaba formado por pinchos que atravesaban el cuerpo pero sin afectar a los órganos vitales, para asegurar así una muerte lenta y dolorosa.
Decir que hemos erradicado estos salvajes métodos sería engañarnos a nosotros mismo. Si bien parece haber aminorado la barbarie, a través de la televisión hemos podido observar las vejaciones y torturas a la que siguen sometidos los presos, especialmente en aquellos países que se encuentran en conflicto bélico.
Hoy en día nos declaramos abiertamente pacifistas, nos movemos a favor de los derechos humanos, nos solidarizamos con las víctimas de la injusticia de los salvajes y abogamos por la desaparición de la pena de muerte, mostrando nuestra indignación por las torturas y las masacres que tienen lugar en países conflictivos e incluso por las situaciones de violencia y maltrato que tienen lugar en la intimidad de los hogares.
Sin embargo, el nivel de tolerancia que mostramos ante la violencia televisiva, especialmente los más pequeños, empieza a ser preocupante. La televisión nos ofrece diariamente imágenes de catástrofes, sucesos espeluznantes, crímenes de guerra, atrocidades varias salpicadas de documentos demasiado gráficos. De hecho, comemos y cenamos mientras visionamos esta ensaladilla catódica de vísceras y pólvora tranquilamente, casi sin inmutarnos, con total normalidad. También es un mecanismo de defensa ante la continua barbarie, aunque principalmente se deba a un proceso de desensibilización.
No solo la pequeña pantalla nos ofrece dosis considerables de violencia, el cine y ciertos videojuegos también aportan su granito de arena y deberíamos plantearnos a que obedece este fenómeno. Nos olvidamos con frecuencia del efecto pernicioso que los mensajes de violencia causan en los menos capacitados para usar la crítica como filtro, o sea, los niños, los deficientes mentales y las personas con rasgos psicopáticos y psicóticos. El fenómeno denominado “triggering”es muy significativo. Sucede cuando un individuo (mentalmente perturbado) se excita con una imagen violenta y acto seguido, se dispara su agresividad, y en un impulso incontrolable la excitación sufrida le lleva a cometer un acto violento. Pero no nos alarmemos, se trata de casos aislados protagonizados por personas con rasgos psicóticos y/o esquizoides. Recordemos por ejemplo el macabro suceso acontecido en Murcia, donde un joven obsesionado con un video-juego(“Final Fantasy”) acabó con la vida de sus padres y de su hermana deficiente mental decapitándolos con una catana. El caso del asesinato de Clara García fue especialmente grotesco al haber sido protagonizado por dos chicas, de quince años. La engañaron para llevarla a un descampado y allí la acuchillaron salvajemente. Cuando confesaron el crimen, alegaron que lo habían hecho “para saber que se siente al matar a alguien”. Las dos pequeñas psicópatas eran niñas retraídas, feas, obsesionadas por la magia negra, y marginadas por el resto de sus compañeros, que las calificaban de “raras, siniestras y estúpidas”.
Sandra Palo fue cruelmente violada, torturada, quemada viva con un euro de gasolina y atropellada varias veces por tres individuos de raza gitana, dos de ellos menores. Los esfuerzos de los padres de Sandra en colaboración con otros afectados por camibar la ley del menor y aplicar penas más duras todavía no han obtenido recompensa.
El temperamento de estos jóvenes serial-killer potenciales se caracteriza por un elevado grado de impulsividad, acompañado de una búsqueda incesante de sensaciones fuertes, ausencia de miedo y remordimientos y una incapacidad innata de ponerse en el lugar del otro. Algunos no distinguen entre la ruptura de una norma social (p.ej. saltarse una clase) y la transgresión de una norma moral (pegarle una bofetada a un compañero)
El golpeo catódico continuado altera la personalidad del niño, especialmente si padece desequilibrios mentales, desfigurando la perspectiva de la realidad y devaluando el valor de la vida. Muchos de estos crímenes cometidos por menores o niños poseen un cierto carácter lúdico, y los perpetradores no son del todo conscientes de la irreversibilidad de la muerte.

miércoles, diciembre 22, 2004

La Muerte Niña: Infantes difuntos


Ilustración de Mark Ryden
No hay nada comparable al dolor de perder un hijo, de hecho ni siquiera hay un nombre que designe a la madre que pierde a su pequeño. Huérfano es quien pierde a sus padres, viudo quien pierde a su esposo/a, pero el hecho de perder un niño de tu sangre es tan antinatural y tan sumamente desolador que ni siquiera existe un término que de nombre a tan indeseable condición.
En muchos de los pueblos de la provincia mejicana perdura la tradición de retratar o fotografía a los niños que mueren prematuramente, disfrazándolos de santos o angelitos y posando con los padres o la familia.
Es el testimonio gráfico de su transformación en "criatura celestial". La madre, durante el sepelio, no puede llorar, ni el resto de los presentes, para que de este modo el alma del niño no tenga que volver a recoger las lágrimas.Durante el ritual de duelo, los afectados abre la puerta de sus casas para que sea visible el florido altar y la suculenta comida que ofrecen a los asistentes, amigos y vecinos,que traen ceras e intentan distraer el dolor de los padres con su alegría. Ellos creen, o quieren creer, que cuando un niño muere tan chiquitito es porque Dios lo reclama en el cielo para tenerlo de angelito. La mortalidad infantil en Méjico es muy elevada aún en nuestros días debido a la pobreza y la incultura que asolan muchas zonas del país, y este tipo de ritos y creencias ayudan a consolar y superar la trágica pérdida, en un acto mágico y colorista pero que en ningún caso deja de resultar doloroso para una madre. Al ser los niños seres puros e inocentes, su espíritu penetra directamente en el paraíso, y no hay que vertir lágrimas ni lamentarse, pues la voluntad de Dios ha querido acogerlo en su seno, y desde el cielo se encargará de proteger a la familia de todo mal. Las fotografías que hallamos de la muerte niña resultan lúgubres y con frecuencia espeluznantes. A pesar de los hermosos ropajes que adornan al difunto, resulta estremecedora la contemplación de un niño sin vida, mucho más que si se tratase de un adulto. Una vida sesgada a tan tierna edad siempre deja un amargo sabor a desconcierto. Las pinturas suelen favorecer el aspecto demacrado y triste de los llamados al cielo, aunque esto no les resta un ápice de su sorprendente realismo pictórico, la exquisitez de los ropajes, con sus gasas, apliques dorados, sus bordados y sus encajes, todo un ejercicio de auténtica artesanía.
La pintora mejicana Frida Kahlo, fiel a sus desgarradora y trágica visión de la vida, se apropió del tema para pintar “El difunto Dimas Rosas a los tres años de edad.”En algunos pueblos de España, también era costumbre retratar a los muertos con la esperanza de mantenerlos vivos en el recuerdo, pero esa tradición se perdió hace ya muchos años. Ahora queremos recordar a nuestros difuntos tal y como fueron en vida, y antes del sepelio, los encargados de la tanatopraxia se encargan de dejar al difunto con el mejor aspecto posible. Los tanatoprácticos restauran, amortajan, limpian y maquillan a los cadáveres para que ofrezcan la mejor imagen posible en el momento del velatorio. A veces requiere mucho talento y mucho esfuerzo, sobre todo con aquellos que han muerto en forma violenta, en accidentes de tráfico y similares, por lo que a veces hay que reconstruir la piel de la cara y la estructura ósea, sirviéndose de rellenos de algodón y delicadas suturas.


martes, diciembre 21, 2004

La hipersexualización de las niñas

La obsesión por alcanzar un cuerpo perfecto y unas medidas de escándalo se manifiesta a edades cada vez más tempranas. Las niñas, cada vez más influenciadas por la publicidad y los modelos televisivos, comienzan a manifestar precoces deseos de resultar atractivas, de parecer sexys. Y cuando digo niñas no me refiero a adolescentes quinceañeras, sino a prepúberes de tan solo diez o doce años que ya empiezan a adoptar comportamientos impropios de su tierna edad.
Los preadolescentes, que no dejan de ser niños en fase de desarrollo, viven obsesionados por la idea de la popularidad, desesperados por gustar y ser aceptados, aún a riesgo de perder en el intento su personalidad y renunciar a sus valores. Pero, ¿qué valores?.
A los diez años, las niñas de la generación de los ochenta aún jugábamos con las Nancys y nos manchábamos de barro en el parque. Muchos se esfuerzan en recordar a Barbie como estereotipo de mujer florero, rubia, sexy y ñoña, pero el mito que se ha generado alrededor de esta explosiva rubia de plástico tiene poco de realidad, si nos esforzamos en hacer un poco de memoria… Barbie tenía muchos modelitos, y se la notaba preocupada por su imagen, pero también desempeñaba distintos oficios, era secretaria, atleta olímpica, cantante Rock-star, peluquera, enfermera, médico, veterinaria,…, y Ken pululaba por ahí a ver si pescaba algo… Pero Barbie era percibida fundamentalmente como una mujer independiente, y sobre todo, versátil, aunque lo cierto es que los oficios que desempeñaba eran más bien propios de mujeres, pero claro, eran otros tiempos. Ahora hay barbies mucho más políticamente correctas, y de algún modo la muñeca ha sabido adaptarse a los recientes cambios sociales.

-El reverso siniestro de la señorita Pepis
La nueva hornada de muñecas para las niñas parece sacada de un capítulo de Beverly Hills o de una ilustración de Jordi Labanda pero con un toque arrabalero. Las “Flavas”, las "Bratzal" o "My Scene", igual que sus compañeros masculinos, son absolutamente fashion, están obsesionadas por la moda y por ir “a la última”, y cada una de estas frívolas petardas va acompañada de una multitud de complementos “femeninos” para estar siempre perfecta(porque nunca se sabe...), tales como secadores, set de maquillaje, botas con estampados felinos, rizadores de pelo, espejo, gafas de sol imitando las formas de las marcas más punteras, etc…Todo en tamaño diminuto y con detalles de un realismo y precisión asombrosos.
El marketing prematuro de ciertos productos da lugar a un simulacro de la sexualidad que puede ser malinterpretado por ciertos adultos (o no). El maletín de la señorita Pepis de toda la vida, con cuatro chucherías que ni siquiera pintaban bien, ha sufrido un proceso de sofisticación. Ahora las sombras de ojos vienen con estridentes colores, los brillos de labios en tonos golosos y afrutados, rojos escandalosos, se incorpora el eye-liner, la máscara de pestañas, el esmalte de uñas y pulseras y ornamentos dignas de una mata-hari. Cuando acaba la sesión de estilismo es inevitable sentir cierto horror: las niñas han mutado en pequeñas furcias con aspecto de cacatúa, como unas miniaturas replicantes aspirantes a vedette del barrio chino, con sus largas uñas postizas, sus pendientes de perlas de plástico, sus tatuajes de quita y pon y sus extensiones de trenzas de colorines.
Estos “toques adultos” de ciertos productos, en especial los que van dirigidos al sexo femenino, configuran de algún una estrategia de mercado. Las casas de moda y cosméticos ya tienen aseguradas fieles comparadoras en estas precoces señoritas. La revolución sexual a la que han contribuido los medios de comunicación ha producido un incremento de cantidad y disponibilidad de pornografía infantil y la sexualización de las niñas en los propios medios. Verlos competir imitando a modelos y cantantes , bailando con ademanes adultos, es muy frecuente.La gran pantalla tampoco da buenos ejemplos, si bien el cine de los ochenta explotaba la obsesión de los adolescentes por “mojar”, tipo “Porky¨s”, y los patitos feos lograban la popularidad deseada propugnando valores como la solidaridad y el valor, y triunfando la personalidad por encima de todo, el cine actual es bien distinto.
Los protagonistas son gente “cool”, estrellas del deporte, reinas de la belleza, chicos ricos y animadoras, obsesionados por la moda y por las marcas. La explotación de la sexualidad sigue vigente, pero la novedad imperante es la explotación del consumismo. Películas como “Fuera de onda”, “Alguien como tú”, “Juego de campeones”, “Una rubia muy legal”, envían a los adolescentes el mensaje de que si quieres triunfar, si quieres ser popular, tienes que cultivar tu imagen hasta el paroxismo, adaptándote al molde lijando tus contornos y renunciando a lo que queda de tí.
Las chicas quieren ser “cheer-leaders”, reinas del baile, afamadas cantantes, ellos, quieren ser estrellas del béisbol y contar con una legión de admiradoras complacientes enfundadas en diminutos tops ajustados y faldas reducidas a su máxima expresión. Él, viril, fuerte, seductor, promiscuo y competitivo, ella, guapísima, sexy, rubísima, impecable, a la última, 90-60-90, con cierto empuje y picardía al principio pero dispuesta a ser redimida después por el maromo de turno y convertirse en la pasiva mujer florero que ya se dislumbraba al principio.
El caso de la prostitución de las preadolescentes en Japón para conseguir lujosos caprichos de marca, es un fenómeno sin precedentes en la historia y que destapa el lado siniestro del consumismo.

-Espejito, espejito, ¿quién es la más bella del reino?
Las películas de cambio de imagen, en las que el chico pobre o la chica fea pasaban de ser freaks marginados a convertirse en la estrella del instituto, han sufrido también cambios sustanciales de un tiempo a esta parte. Si bien en las películas de los ochenta triunfaba la personalidad y el carácter subversivo de sus protagonistas, ahora eso se arregla con una sesión de maquillaje y estilismo en el caso de las chicas y con una demostración de fuerza, valor o virilidad en el caso de los chicos.
Este género cinematográfico(si se puede ya hablar de él como tal), es absolutamente previsible. Chica nueva llega al instituto, probablemente es rara porque viene del pueblo y no se ha enterado de que va la historia. Como lleva ropa vulgar, que además no marca sus pechos ni su trasero, no se maquilla y lleva gafas y coleta, es fea. Por lo tanto, no triunfa ni se adapta. Las chicas se burlan de ella y los chicos también. Todos la detestan porque es rara, porque es “diferente”, o sea, porque tiene personalidad propia. De repente, un alma caritativa a modo de hada madrina, normalmente una amiga o una profesora, se propone transformar en princesa a la pobre Cenicienta, y que mejor manera que someterla a un cambio de imagen. La chica fea y rara se vuelve de repente popular al soltarse el pelo, darse una capa de maquillaje y ponerse vestidos sexys y ajustados que realzan su figura. Entonces el chico guapo y popular se enamora de ella y colorín colorado.
Por supuesto, esto se presta a multitud de variantes, pero el esquema básico es principalmente este. Para ser popular, para gustar, lo único que se requiere es un pleno compromiso con las convenciones sociales de la belleza, lo que testifica el poder de las identidades artificiales y construidas.
La presión que ejerce la televisión y la publicidad sobre las jóvenes es brutal, y sus consecuencias son verdaderamente caóticas. Las adolescentes desean convertirse cad vez antes en objetos eróticos de consumo, y anhelan parecerse a las modelos de las revistas, nacaradas sílfides de bocas carnosas y pechos ( y cintura) imposibles. Lo que probablemente no saben es que se trata de una imagen irreal, adulterada por el fotoshop. Las chicas reales tienen poros en la piel, granitos, rojeces, vello, estrías y celulitis, en mayor o menor grado, y es absurdo aferrarse a un imposible, porque la perfección no existe, y además, no tiene por qué darnos la felicidad necesariamente.
A consecuencia del bombardeo incesante de mensajes subliminales, y no tan subliminales, que empujan a la mujer a obsesionarse por su imagen, los trastornos alimenticios están a la orden del día, y el número de víctimas de la anorexia y la bulimia se ha disparado en los últimos años hasta el punto de configurar un fenómeno contemporáneo, y los síntomas comienzan a aparecer en edades cada vez más tempranas.
-Mamá, quiero ser artista
La obsesión por la cirugía también alcanza cotas bochornosas, algunas niñas que ni siquiera han completado el desarrollo de sus pechos ya planean operarse en cuanto obtengan la mayoria de edad y el permiso paterno. No es raro que las niñas pidan para reyes o a modo de gratificación por unas buenas notas, un implante mamario o una sesión de colágeno para aumentar los labios. Y lo digo con conocimiento de causa. Mi tió es cirujano y también me cuenta con estupor como vienen chicas cada vez más jóvenes a su consulta, para quitarse las costillas flotantes y afinar su cintura y para lograr la ansiada 95 de pecho y desafiar la ley de la gravedad.
Muchas de estas intervenciones de cirugía tienen su origen en una falta de autoestima y en una suerte de autodesprecio. La chica que opta por la remodelación plástica elige obsesionarse por su cuerpo y tratar de dominarlo en vez de esforzarse por trascenderlo, olvidándose de él.
Esto no tendría por qué ser negativo, si no fuera porque da lugar a multitud de complejos y las adolescentes se ven abocadas a una carrera imparable y suicida hacia la perfección. Aún no han desarrollado su carácter, ni su crecimiento, cuando ya están pensando en desarrollar sus pechos y en inflar sus belfos. “Como fulanita y menganita se han operado yo no voy a ser menos…” (culo veo culo quiero).
La silicona a ayudado a muchas personas a sentirse cómodas con su imagen pero también ha causado estragos… Los labios no dejan de tener el aspecto de dos chistorras (recordemos el horror de la boca de rape de Tamara, Melanie Griffith, Esther Cañadas y la neumática Yola Berrocal) y una vez hecho el desaguisado, difícilmente tiene arreglo. Los pechos no siempre pueden quedar bien, y siempre está el riesgo de infección, recachazo o encapsulamiento(endurecimiento de las mamas acompañado de fuertes dolores), aparte de que hay que renovar las prótesis cada 3 o 4 años, lo que supone una cierta esclavitud que se convierte en pura adicción al quirófano.
La pornografía ha tenido más difusión que nunca en la era Internet, y los publicistas recogen ahora los frutos por la obsesión por el cuerpo que ha contribuido a sembrar. Las chicas de diez años admiran a iconos sexuales del mundo de la moda, el cine o la canción y no dudan en emularlas, incluso vistiendo, para espeluzne de sus padres. Britney Spears, Christina Aguilera, etc…,cuentan con toda una legión de fans incondicionales, cada vez mas niñas, obsesionadas por el triunfo y el sex-appeal.
Programas como “Menudas estrellas” y “Eurojunior”, contribuye a reforzar la teoría de que los niños cada vez son más precoces. Esas niñas pintadas como puertas, embutidas en ajustados trajes y contoneando las caderas como bailarinas de strip-tease imitando a sus divas del pop resultan cuanto menos escalofriantes, y en ocasiones roza lo pornográfico. Las pequeñas tonadilleras no cabe duda que han sido influenciadas por madres frustradas que desde pequeñas les introdujeron la obsesión por la peineta y la copla, porque a ver, una niña de motu propio no se pone a tocar las castañuelas ni pide para Reyes el disco de la Piquer. Las niñas no admiran, ni quieren mucho menos parecerse, a las folklóricas vetustas que toman la merienda con Jose Manuel Parada en Cine de barrio. No son sexys. Las niñas quieren parecerse a las Spice Girls, sobre todo a Victoria “posh”, la pija, mujer picante redimida y reconvertida en la flagrante esposa de un famosísimo, riquísimo y guapísimo futbolista metrosexual.

-De estrellitas a estrellados: la maldición de los niños prodigio
Los niños prodigio suelen acabar mal, y de encantadoras y angelicales criaturas talentosas pasan a ser adultos atrofiados, con tendencia a los excesos y a los comportamientos autodestructivos. Joselito es un ejemplo bastante ilustrativo de estrella estrellada. El pequeño ruiseñor ya no trina, tras caer en el mundo de la droga y el putiferio, solo le queda cantar bingo, y ni eso. Judy Garland tampoco acabó muy bien, alcohólica y politoxicómana. Marisol reniega de su etapa de estrella infantil y Rocío Dúrcal también logró superar la explotación a la que fue sometida cuando era “mas bonita que ninguna”.
Antes los niños vivían fascinados por Peter Pan, no querían hacerse mayores, sino permanecer eternamente en el paraíso de la infancia. Ahora viven obsesionados por crecer, por conducir coches, maquillarse y hacer cosas de adultos, la edad del juego y la experimentación se acorta, la cultura de la imagen nos ofrece productos cada vez más manufacturados. Videojuegos, muñecas fashion con una imagen muy determinada , dejan muy poco lugar a la imaginación. Es cierto que hay otro tipo de juguetes mucho más didácticos y que ayudan al niño a desarrollar su imaginación y a forjarse una personalidad, pero los favoritos para los niños siguen siendo la Play Station, y para las niñas el karaoke y las muñecas petardas. Otro dato importante es que los niños cada vez juegan más tiempo solos. Se ha perdido en mucho la vivencia de barrio, de calle, y la falta de interacción social vuelve a estos niños más inhibidos, y por tanto, más vulnerables ante el impacto mediático del consumismo.
Por otra parte, los padres trabajan más que antes, y crece el número de familias monoparentales, con lo que los niños pasan más tiempo con la televisión y con el ordenador que con sus progenitores(lo cual a veces no está tan mal…). Los niños saben explotar el sentimiento de culpa de sus padres, que acaban cediendo a sus demandas y destinando más dinero a sus caprichos.
No cabe duda de que los centros comerciales son el paraíso soñado para muchos adolescentes y un hogar posible para identidades perdidas.